sábado, 3 de julio de 2021

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DXVIII). Domingo XIV del Tiempo Ordinario



 Uno de los problemas que ha tenido siempre la Iglesia, desde el principio, es la falta de fe en los mensajeros. Es lo que nos muestran las lecturas hoy, en las que vemos que el pueblo de Israel no reconoce el mensaje de Dios porque se niega a que ésta o aquella persona le anuncie la buena noticia.
Hoy día oímos mucho –bueno, lo hemos oído desde hace tiempo- el «yo en Dios creo, pero en los curas no». Bueno. Pues vale. Al mismo Jesús le pasó eso. Por ser Él, los de su pueblo no quisieron creerlo. Y es que tanto los profetas, como los apóstoles, como el mismo Jesús son víctimas de la incomprensión y de la tozudez de los hombres, porque sólo ven en ellos a hombres débiles, a los que consideran incapaces de ser portadores de la palabra de Dios.
Ya vemos, por tanto, que tanto ayer como hoy, somos un pueblo de dura cerviz y corazón obstinado. Pero, por suerte, Dios no abandona ni a su pueblo ni a sus profetas. Así, el pueblo reconocerá que hubo un profeta en medio de ellos, el apóstol descubrirá que en medio de sus debilidades se manifiesta el poder de Dios y Jesús, con su predicación y sus signos, quedará acreditado como la definitiva Palabra de Dios al hombre.
Mirad: Dios, a lo largo de la historia de la Salvación, ha querido comunicarse con la humanidad a través de mediaciones humanas, a veces débiles e imperfectas, pero que, precisamente por eso, han sido capaces de mostrar toda la fuerza de Dios. Y estas personas no siempre han sido aceptadas, empezando, como hemos vemos en el evangelio, por el mismísimo Jesucristo.
Por tanto, si de verdad queremos ser seguidores de Jesucristo, tenemos que pedir a Dios que limpie de nuestro corazón las actitudes de orgullo, vanidad y de soberbia que nos impiden ver que personas de nuestro entorno han sido “tocadas” por Dios para ser mensajeros de su buena noticia de salvación.
Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María, que nuestra fe sea limpia y sincera, y que nos ayude a descubrir la voz de Dios en la Iglesia, y a saber diferenciarla de voces de sirenas que no tienen  otra intención que confundirnos y apartarnos de Él y de su camino.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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