sábado, 26 de junio de 2021

REFLEXIONES DE LA PALABRA (XVII). Domingo XIII del Tiempo Ordinario

 

 
Los textos de la liturgia de hoy nos hablan de vida. Tanto la lectura del libro de la Sabiduría, donde se nos dice que Dios se alegra de la vida de sus hijos, que disfruta con ellos, aunque no siempre seamos responsables de ese don que nos ha dado; como el evangelio; nos proponen como tema central la vida que Dios nos da. Y es que Dios quiere la vida frente a la muerte, la salud frente a la enfermedad.

Las dos historias que narra san Marcos tienen como protagonistas a dos mujeres; una mujer adulta y una niña. La mujer adulta, enferma durante mucho tiempo, necesita la curación de su enfermedad, y la niña, que acaba de morir, la resurrección. Los dos relatos nos llevan a descubrir la fe como la razón que justifica el buen final.

Aquella mujer está llena de dolores e igualmente llena de fe para romper las barreras que le impiden acercarse a Jesús. Su profunda fe la lleva a recurrir a Jesús como solución a su enfermedad. Convencida de que si puede tocar el vestido se curarán sus hemorragias, nada le impide abrirse paso entre la multitud, y tocar el manto de Jesús, quedando curada. A lo mejor aquella mujer se hubiera conformado con pasar desapercibida y que nadie se hubiera enterado. Pero Jesús se da cuenta de que algo ha pasado. Que una fuerza sobrenatural ha salido de Él. Quiere conocerla. Quiere verla cara a cara, especialmente para decirle: «Hija, tu fe te ha salvado».

Fijaos bien. Jesús llama a aquella mujer «hija». Quiere que sienta su afecto, que se sienta cercana a Él como si fuera de su familia. Y es que una de las consecuencias de la fe es la de pertenecer y formar parte de la familia de Jesús.

Por su parte, vemos como Jairo, ante la grave situación de su hija, no duda en acudir a Jesús, arrodillándose ante Él y suplicándole su ayuda. No creamos que debió ser fácil para Jairo hacer aquello,  pues era el jefe de la sinagoga, y aquella acción le comprometía, y se arriesgaba a ponerse en muchas bocas criticonas que le harían perder su prestigio. Pero el amor por su hija, unido a su confianza y su fe en Jesús, le hacen perder los miedos y los temores. Y este atrevimiento tiene éxito, incluso cuando el hombre pudiera haber perdido toda esperanza cuando le dijeron que su hija se había muerto, pues Jesús no le deja de lado, y a pesar de todas las burlas y risas, obra el milagro y devuelve la vida a la niña muerta.

Pues bien, hoy también Jesús quiere curarnos a nosotros. Quiere que le toquemos en los sacramentos, sobre todo en la Penitencia y en la Eucaristía. Nos dice, como a aquella niña «Talitha qumi» ¡Levántante!. Levántate, no te quedes en la muerte. Levántate de tantos sueños que te duermen y te quitan la vida. Levántate de tus pecados, ponte en pie de nuevo, camina, sé libre... VIVE.

Que Santa María nos ayude a vivir, a amar la vida, porque estamos creados para la vida. Una vida sin muerte ni enfermedad. Una vida plena y definitiva. La vida que nos ha conseguido de nuevo Jesús.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero

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