sábado, 29 de mayo de 2021

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DXIII). Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

 
Cada año, tras finalizar el tiempo pascual, dedicamos un domingo especial para  contemplar el misterio profundo e insondable de nuestra fe, que es la Santísima Trinidad. Lo hacemos este domingo, porque durante el tiempo pascual se ha querido manifestar de una forma especial la divinidad de Jesucristo, el Hijo amado de Dios Padre. Y el pasado domingo, domingo de Pentecostés, culminábamos las fiestas pascuales celebrando que el Padre y el Hijo derramaban sobre el mundo y la Iglesia el don del Espíritu Santo, la tercera Persona de la Trinidad, el Gran Desconocido, como lo han llamado muchos teólogos.

Por eso que la solemnidad de hoy, más que convertirla en una clase de metafísica, conviene que la vivamos como una celebración litúrgica que nos da a descubrir al Dios vivo y que se nos hace presente en la vida de cada día.

Y las lecturas de hoy nos intentan explicar como es la vida de Dios y descubrirla. En la primera lectura tenemos el primer discurso de Moisés al pueblo de Israel justo al divisar la tierra prometida, después de cuarenta años en el desierto. Moisés les recuerda todo lo que ha hecho Dios por ellos. Es el Dios que se manifiesta en la historia.

En cambio, san Pablo, en la segunda lectura, de la carta a los Romanos, nos habla de la vida de Dios que tenemos dentro de nosotros. Una vida que nos ha liberado de la esclavitud (como decía Moisés) y nos ha hecho libres y que ahora nos empuja. Pero la gran doctrina de san Pablo es que somos hijos de Dios y somos herederos. Y somos hijos de Dios gracias al Bautismo que hemos recibido en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Como os digo: nos encontramos ante un misterio: ante el misterio de Dios por excelencia. Por eso, más que rompernos la cabeza intentando desgranarlo, lo que tenemos que hacer es arrodillarnos ante Él, y dejar que nos envuelva. Penetrar el misterio y dejarnos penetrar, dejarnos absorber por Él; y desde el fondo de nuestro ser, repetir constantemente, desde el corazón, y con el corazón en la mano, uniéndonos a la Virgen María, a San José, a todos los ángeles y santos y a la creación entera: ¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo!

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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