sábado, 22 de mayo de 2021

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DXII). Domingo de Pentecostés


La celebración de Pentecostés era, para el mundo judío, la fiesta de las cosechas, la acción de gracias por los frutos de la tierra. El Espíritu Santo es, para nosotros, el fruto pascual. Pentecostés no es una segunda Pascua, sino que es la culminación del tiempo pascual, durante el cual hemos contemplado el estallido de la primavera, el verdor de los campos, el brotar de las vides; ahora contemplamos los campos dorados a punto para la siega ... Y nos preparamos para recoger el fruto de la Pascua: que es el don del Espíritu Santo –por algo a Pentecostés se le llama también “Pascua Granada”-.

Y si las lecturas de los últimos domingos nos han ido preparando para esta fiesta, las lecturas de hoy nos evocan esta venida del Espíritu, sobre todo la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos habla del día de Pentecostés con las imágenes del fuego, el viento y el don de lenguas. Esa escena impresionante y maravillosa que tantas veces ha plasmado el arte mostrándonos a María y a los Apóstoles recibiendo las lenguas de fuego sobre la cabeza.

Y es que Jesús, vencedor del mal y de la muerte, nos da su Espíritu para que continuemos su camino, para que llevemos al mundo su amor, su esperanza, su promesa de vida. Sobre nosotros los creyentes, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero, se ha derramado el fuego de la misericordia de Dios, que hace de nosotros hombres y mujeres nuevos.

Por eso, ese fuego del Espíritu tenemos que transmitirlo a los demás para que prenda en ellos, y queme y arrase con todo lo que estorba en el mundo a los planes de Dios... Ese viento recio, ese aire de vida divina que respiramos, tenemos que pedir que llegue a todos los hombres y mujeres del mundo, para que su vida esté «oxigenada» por la gracia de Dios... Ese estruendo fuerte del Espíritu, hemos de hacer que se escuche en todo el mundo, asfixiado por tantos y tantos sonidos y palabrería que no son más que ruido y música de sirenas. Y esa misión, es misión de todos nosotros, pues ese Espíritu de vida lo hemos recibido todos en el Bautismo y en la Confirmación, y nos tiene que empujar a trabajar sin descanso por la evangelización del mundo con nuestro testimonio cristiano, manifestado de un modo especial en nuestra vida diaria, de cada día.

Que Santa María, Madre de la Iglesia, nos ayude para que no le pongamos trabas a la acción del Espíritu en nuestra vida ni le hagamos oídos sordos; sino que le dejemos envolvernos silenciosa y suavemente, de forma que sea Él, la fuerza viva de Dios, quien dirija los pasos de nuestra existencia.


Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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