sábado, 13 de febrero de 2021

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXCVII). Domingo VI del Tiempo Ordinario


 
En el fragmento evangélico de hoy leemos la curación de un leproso. El libro del Levítico nos presenta en la primera lectura lo que significaba ser leproso en la antigüedad y, también, en la época de Jesús. El leproso no era un enfermo como los otros sanados por Jesús: el paralítico, a mujer encorvada, el ciego de nacimiento... Quien contraía la lepra era excluido de la sociedad y de cualquier de relación humana, estaba condenado a alejarse de los demás, debía vivir solo, no entrar en las ciudades y, si se le ocurría hacerlo, los habitantes de aquella ciudad podían recibirlo a pedradas para que se fuera. Pero además, la lepra era considerada un castigo de Dios por los pecados del leproso, lo que llevaba consigo la excomunión de las promesas de la salvación para el leproso. Ante esta situación, la ley antigua no podía liberar, sanar o curar. Sólo ponía en evidencia una situación y sacaba a la luz una transgresión. Por eso tanto si enfermaba o sanaba, debía presentarse ante el sacerdote, quien dictaba sentencia.

Pues bien, el evangelio nos muestra como aquel leproso rompió las prescripciones legales y se acercó a Jesús, suplicándole de rodillas. Tuvo la osadía de acercarse y de hablarle, y de suplicarle su curación. Su fe fue más grande que las prescripciones del Antiguo Testamento. Pero rompiendo la ley, lo que realmente hizo fue cumplirla, porque la ley obligaba a presentarse ante el sacerdote. Y Jesús se revela hoy como el Sacerdote de la nueva ley, que de una manera sorprendente rompe las barreras que separan de los hombres y, en especial, de los enfermos sangrantes, leprosos, y de los pecadores... y lo toca. Jesús toca al leproso haciéndose impuro según la ley; pero lo que ocurre es lo contrario, pues la impureza no alcanza a Jesús, sino que la pureza de Jesús llena al leproso, y lo cura.

Y es que, por su manera de proceder, Jesús nos revela el misterio de Dios que se deja tocar y toca, incluso las situaciones más dolorosas, comprometidas, repugnantes en la que se puede encontrar la persona.  Jesús curó al leproso tocándolo, al igual que perdona nuestros pecados asumiendo nuestra naturaleza pecadora, tocando nuestra humanidad.

Pidamos a Santa María que nosotros, que conocemos y creemos en la Buena Noticia de Jesús y que queremos vivirla, seamos hoy instrumentos del Señor que continúa pasando por nuestro mundo haciendo el bien, dando salud a los enfermos y llevando la dignidad a las personas. Con la colecta de hoy de Manos Unidas, tendremos una buena ocasión de hacerlo, y así, de dar también gloria a Dios haciendo una buena obra.
 
Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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