sábado, 27 de febrero de 2021

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXCIX). Domingo II de Cuaresma.

 

Aunque el Evangelio de hoy nos narre la transfiguración de Jesús en el monte Tabor, me vais a permitir que me esbarre un poco, y me fije en otros aspectos de las lecturas de hoy. Y es que la primera lectura de este domingo nos narra una de las escenas más desconcertantes de la Biblia. En ella leemos como Dios pide a Abrahán que sacrifique a Isaac, su hijo. ¿Fuerte no? A menudo nos escandalizamos cuando leemos esa narración, porque nos extraña que Dios pida algo así. Pero mirad, desde el punto de vista histórico está documentado que era precisamente eso lo que el resto de pueblos hacía: sacrificar su primer hijo para aplacar la ira de los dioses. Sin embargo, la fe en el Dios de Israel introduce un cambio en esta práctica; pues no debemos perder de vista que, al final, Isaac no es sacrificado.
Pero no nos interesa tanto la justificación histórica de la narración como la verdad teológica que nos quiere transmitir, pues el relato del sacrificio de Isaac sólo se puede entender plenamente a la luz de Jesucristo. Por eso, del mismo modo que Abrahán sube al monte de Moira para sacrificar a su hijo; Jesús, que este domingo se nos muestra en el monte del Tabor, subirá al monte del Calvario. Isaac lleva la leña para el holocausto; Jesucristo también deberá cargar con la cruz donde será crucificado. Si nos fijamos, vemos, pues, que hay una relación muy estrecha entre Isaac y Jesucristo. Pero más allá de los parecidos, hay una diferencia fundamental y es que Dios, como nos dice san Pablo en la segunda lectura, que detuvo la mano de Abrahán para salvar a Isaac, no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros; para que, a través de la muerte, pudiéramos participar de su resurrección.
Hoy, pues, el Señor nos toma de la mano, nos invita a escalar, a subir con Él a lo alto del monte, y nos lleva a un lugar tranquilo para que vivamos una experiencia de fe y de contemplación que nos lleve a admirarle y arrodillarnos ante su gloria y majestad. Y es que, reconozcámoslo, en medio de tanta incertidumbre, de tanto dolor y de tanta muerte y miseria como vemos en nuestro mundo de hoy, necesitamos experiencias de luz, de divinidad, de descubrir la grandeza de Dios. Nos hace falta subir a lo alto, abandonar el suelo al que tan apegados estamos y descubrir en Cristo el maravilloso rostro de Dios. Necesitamos escuchar la Palabra de Dios en nuestra vida y sentir su presencia que nos transforme, que nos entusiasme, que nos haga sentirnos bien y como Pedro, queramos permanecer junto a Él. Pero también necesitamos pisar con los pies en el suelo, y vivir la experiencia de estar con Cristo en los momentos de dificultad, de cansancio, de desesperanza...
Que María nos ayude, pues, a no perder en ningún momento de nuestra vida la imagen de Cristo glorioso en plenitud, para que así, sepamos afrontar de cara todas las dificultades que se nos vayan presentando, sabiendo, de este modo, que la pasión es el camino de la resurrección.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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