sábado, 30 de enero de 2021

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXCV). Domingo IV del Tiempo Ordinario



Hoy vemos en la lectura del Evangelio el momento en el que el que Jesucristo empieza su predicación, y con la predicación también los milagros. Jesús actúa de palabra y de obra. Enseña en la sinagoga de Cafarnaún. Enseña con autoridad y sorprende. En Él se cumple el anuncio que vemos en el libro del Deuteronomio, cuando Moisés anuncia al pueblo de Israel que suscitará de entre los suyos un profeta a quien escucharía.
Pues bien, Cristo es el nuevo Moisés, el nuevo Profeta suscitado por Dios que nos da la Nueva Ley, la ley del Amor. Jesús es escuchado porque aquello que predica también lo vive y lo demuestra con sus actitudes y obras.
Y ahora en el corazón de la semana, el sábado, el día dedicado plenamente a Dios; y en el corazón de la vida de fe del pueblo de Israel, en la sinagoga donde se reunían para escuchar la Palabra de Dios y la oración, el Señor libera a un hombre poseído, con la protesta del espíritu inmundo, que no quiere marchar.
Pues mirad: hoy también Jesús nos interpela. Lo hace con su palabra que, llena de autoridad, era reconocida por los que escuchaban y es obedecida incluso por el espíritu inmundo. Solo es necesario que nosotros, por parte nuestra, ablandemos nuestros corazones y reconozcamos como el espíritu inmundo que Jesús es «el Santo de Dios».
Y fijaos también en una cosa... En la primera lectura, el mismo Dios dice que el profeta que tenga la arrogancia de decir en nombre suyo lo que Él no le haya mandado, lo pagará caro. Al igual que también deja claro que pedirá cuentas al que no escuche la palabra de su profeta enviado. Por eso mismo es importante que nosotros seamos sinceros con nosotros mismos y nos preguntemos en primer lugar si escuchamos de verdad la Palabra de Dios con un deseo verdadero de llevarla a la práctica en nuestra vida, aunque nos cueste y tengamos que reconocer mil y una veces que le somos infieles y pedirle perdón por ello; y luego, que nos preguntemos a quien escuchamos y lo que escuchamos. Es decir, si escuchamos a Jesús y la Palabra de Dios, o nos quedamos con lo que nos dice cualquier charlatán o cualquiera que se las da de teólogo y en vez de hablar de la Palabra de Dios y del mensaje cristiano habla de lo que a él se le ocurre y que ni de lejos tiene que ver con las verdaderas enseñanzas de Jesucristo transmitidas a través de los siglos, y que desde los Apóstoles, han llegado hasta nosotros.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, que al igual que aquellos que escuchaban a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, también nosotros nos asombremos de su enseñanza, y le confesemos aquí y en todas partes como nuestro Señor, como el Santo de Dios.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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