sábado, 16 de enero de 2021

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXCIII). Domingo II del Tiempo Ordinario

 

Las lecturas de hoy nos hablan bastante claro de vocación. De esa llamada que Dios nos hace a cada uno de nosotros a aportar el matiz insustituible de nuestra propia vida en la edificación del Reino de Dios.
De hecho, tanto la primera lectura como el pasaje de hoy, relatan la experiencia del primer encuentro: Primer encuentro entre Dios y Samuel y primer encuentro entre Jesús y sus primeros discípulos. Pero este primer encuentro tiene también, fijaos, a un presentador, a un mediador que ayuda a descubrir a quien hay que escuchar y seguir verdaderamente. En el caso de Samuel es el viejo sacerdote Elí quien guía al joven muchacho para reconocer la llamada de Dios; y Juan Bautista es quien guía a Andrés y a su compañero para reconocer en Jesús al Cordero de Dios, al verdadero Rabí, al Mesías prometido. Y a su vez, Andrés es quien lleva a su hermano Simón hasta Jesús.
Pues bien, esa tiene que ser nuestra actitud en la vida. Descubrir a Jesús, seguirle, y llevar a otros hacia Él. Y para eso, muchas veces habrá mediadores que nos ayuden a nosotros mismos a descubrir que es lo que Dios nos está pidiendo a cada uno.
Por otra parte, y cambiando de tema, hoy y en los próximos domingos, hasta Cuaresma, leeremos como segunda lectura diversos fragmentos de la primera Carta de san Pablo a los Corintios. El ambiente en el que vivía aquella comunidad era diferente al de la cultura judía, y no tenían el mismo concepto que los judíos del cuerpo humano y de su valor. Corinto era en aquel entonces una ciudad de Grecia famosa por sus costumbres sexuales depravadas; y Pablo quiere que los cristianos se aparten de esas malas costumbres, hablándoles para ello del valor del cuerpo para el cristiano, queriendo concienciarles de que la vida sexual marca profundamente a las personas. Y es que este escrito de san Pablo nos recuerda que seguir a Jesús tiene consecuencias, y que el discípulo de Jesús debe evitar ciertas conductas y dar testimonio de Él con su vida.
Pues que la Virgen María y San José nos ayuden a vivir en medido del mundo y de nuestras ocupaciones de cada día comportándonos como quienes han encontrado al Mesías, haciendo de cada momento y circunstancia de nuestra vida una ocasión de glorificar a Dios.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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