domingo, 22 de noviembre de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDLXXVII). Solemnidad de Cristo Rey


San Mateo, el evangelista al que hemos ido siguiendo durante este año litúrgico, nos muestra hoy a Jesús como Hijo del hombre glorioso y rey que, al final de los tiempos examinará la vida de cada persona según haya practicado o no las obras de misericordia. Es un texto que motiva no solo a pensar en el final de nuestro camino en la tierra, sino a evaluar nuestro día a día según los criterios de Jesús para formar parte del Reino preparado por el Padre.

Tomarnos seriamente este proyecto de vida es disponernos, una vez más, a seguir a Cristo, colaborando con Él en la construcción del «reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz»; y a pedir la gracia de no colaborar en tantos reinos de la mentira, la apariencia, de la violencia y la exclusión de los pobres como los hay en nuestros días. Y es que a Dios lo encontramos en el Señor Jesús, y a Él, a Jesucristo, lo encontramos en la persona del hermano. Por eso, amando a los demás, preferentemente, a los pequeños y necesitados, amamos a Dios, y nos llenamos de su amor.
Ya el profeta Ezequiel, en la primera lectura, nos muestra como Dios, como buen pastor, muestra una solicitud especial por sus hijos descarriados, cansados, heridos, enfermos... De una forma muy sencilla el profeta reconoce como Dios está por nosotros y nos recoge amorosamente. Y en consonancia con el profeta, el salmo reza: «El Señor es mi pastor, nada me falta. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida».
Y ese ser pastor de Dios lo vemos claramente en Cristo, nuestro buen pastor, que ha dado la vida por sus ovejas. Él se ha comportado como un verdadero rey, ha buscado lo mejor para su pueblo. Y lo mejor para su pueblo es la salvación, la vida con Dios. Y para que podamos alcanzarla, ha dado la vida por nosotros, por todas sus ovejas; y su victoria sobre la muerte señala el inicio de su reinado.
Pidámosle pues a la Virgen María, Reina Madre de cielos y tierra, que todos nosotros seamos dóciles a la voluntad de Dios para formar parte de su reino, y así hagamos que en todas las personas, en todos los ambientes y sobre todas las cosas reine Cristo Jesús.

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