sábado, 14 de noviembre de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDLXXVI). Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

Me acuerdo que, de crío y de adolescente, cuando por motivos de trabajo de mis padres residía en Sant Boi de Llobregat, en la parroquia a la que acudía, la de la Virgen de Montserrat, cantábamos en la Misa del sábado por la tarde, que estaba y está dedicada a los niños y adolescentes de la catequesis, un canto que, traducido, dice “te damos gracias porque todo lo recibimos de ti y te estamos agradecidos”.

Esto viene a cuento porque los textos que proclamamos hoy en la celebración de la Eucaristía, nos recuerdan que todo lo hemos recibido de Dios, y que a Dios tendremos que darle explicaciones de cómo hemos hecho uso de las cualidades personales que nos ha dado a cada uno de nosotros. Así, el libro de los Proverbios nos da unas pautas que siguen siendo válidas para hoy, indistintamente que uno sea hombre o mujer, y que son la sensatez, la laboriosidad, la eficacia, la preocupación por la familia, la generosidad para con los pobres, la fe en Dios...; y el  Evangelio nos da a entender que Dios ha puesto en nosotros una inteligencia y unas capacidades y aptitudes para podamos sacar lo mejor de nosotros mismos, lo que cada uno lleva dentro, y lo pongamos al servicio de los demás. En definitiva, la cosa consiste en saber aprovechar el tiempo y hacer fructificar los talentos recibidos. Lo que está claro es que Dios no quiere que seamos unos negligentes y holgazanes, unos machandrones, como decimos en Aragón, como el siervo que recibió solo un talento, y que, por cobardía o por miedo, nos neguemos a poner en acción nuestras cualidades y capacidades.

En cuanto al momento en el que Dios nos pedirá cuentas, ya nos avisa san Pablo que llegará como un ladrón en la noche; esto es, que no sabemos ni cómo ni cuándo. Así que, a los que son agoreros de que el Juicio Final está cerca... ni caso. Lo que sí que tenemos que hacer es estar vigilantes y despejados, o sea, estar siempre al tanto y no confiar tanto en nosotros mismos, sino confiar en Dios y procurar hacer las cosas bien, cada uno según sus posibilidades. Dios nos exige, cierto, pero no nos va a pedir ningún imposible.

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