sábado, 7 de noviembre de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDLXXV). Domingo XXXII del Tiempo Ordinario



Estamos ya en las últimas semanas del año litúrgico, y las lecturas nos orientan vivir la vida mirando hacia la meta, a reflexionar sobre el final de la historia y la vuelta gloriosa de Jesucristo. No está mal esto. Y digo que no está mal porque, muchas veces, olvidamos esta dimensión escatológica y de eternidad que tiene la liturgia y nos fijamos solo en lo terrenal y mundano, olvidándonos del más allá. Y eso no puede ser. No puede ser porque los cristianos no somos vagabundos que no saben dónde van, sino peregrinos que caminamos hacia un destino, un destino de eternidad.
Hoy en concreto, las lecturas nos hablan de la sabiduría que Dios nos ofrece, y de un modo especial, en el Evangelio, Jesús nos pide, por medio de la parábola de las vírgenes sensatas y necias, que estemos atentos y que no nos confiemos. Nos invita a estar atentos y a permanecer en vela, de modo que cuando Él pase por nuestra historia nos encuentre despiertos y alerte, es decir, en gracia de Dios y dispuestos a que nos pueda pedir cuentas en cualquier momento.
También es verdad que estar alerta, es decir, tener las lámparas encendidas en medio de un mundo que nos ofrece tantas distracciones no es tarea fácil, entre otras cosas porque vivimos tan ocupados y distraídos con mil cosas que muchas veces tan apenas dejamos tiempo para Dios, y se nos acaba el aceite de la vida y no vemos ni sentimos su presencia en medio de nosotros.
Por eso que cada uno de nosotros está llamado a revisar su lámpara para saber qué es lo que le impide seguir a Jesús plenamente, y que es lo que debe hacer para estar totalmente despierto y poder recibir al Cristo, que llega a mitad de la noche.
Pero para estar totalmente despiertos en medio de tantas cosas que nos invitan a adormecernos y a olvidarnos de todo, necesitamos sabiduría. Pero no una sabiduría de simples conocimientos científicos, sino la sabiduría de Dios, la sabiduría que evitará que el engaño, la obcecación personal, la duda, o la rutina que aparecen sean un peligro para acercarnos a Jesús.
Que la Virgen María nos ayude, pues, a que mantengamos encendida siempre la luz de nuestra lámpara, la luz de la gracia, para que los muchos vientos que soplan en nuestros días no la apaguen, sino que esté siempre preparada para recibir a Cristo en cualquier momento.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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