sábado, 24 de octubre de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDLXXII). Domingo XXX del Tiempo Ordinario


En la celebración de este domingo encontramos un texto muy conocido. La mayoría de participantes a la celebración hemos aprendido, desde pequeños, que todos los mandamientos se resumen en amar a Dios sobre todas las cosas y a amar a los demás como a nosotros mismos.  Así que, al menos en la teoría, los cristianos tenemos claro que el mandamiento más importante es el amor.

Pero amar pide concretar. Amar a Dios pide necesariamente concretarse en el amor al prójimo. Y es que si amamos a Dios, pero no a nuestros hermanos, o al revés, si nos dedicamos sólo a los hermanos, pero nos olvidamos o no queremos saber nada de Dios en nuestra vida, es que algo falla y va mal.

¿Y cómo podemos saber que amamos de verdad a Dios, y no a una idea de Dios, o a un Dios que cada uno puede construirse a su imagen, semejanza y conveniencia? Pues mirad; podemos darnos cuenta de que amamos a Dios cuando reconocemos con corazón agradecido que somos amados por Él desde siempre. Y eso nos llena de paz, de alegría y de un deseo profundo que este amor de Dios sea conocido y acogido por todos. Y ese sentir que Dios nos ama incondicionalmente y nos perdona siempre, nos capacita para poder hacer nosotros lo mismo con los demás; porque también hay que tener en cuenta que sin el amor al prójimo el amor a Dios puede quedarse en palabras muy bonitas, pero también muy superficiales o engañosas.

Y la lectura del libro del Éxodo nos invita a concretar ese amor en los más necesitados. Nos pone el ejemplo de los más desgraciados de aquel momento: el pobre, del huérfano, de la viuda, del extranjero... De aquellos que no eran nadie ni nada en aquel tiempo. Hoy podríamos decir que para nosotros se concreta en esa persona que vive sola, en esa que lo pasa mal, en esa que no tiene amigos o que está aislada en su mundo... Porque si solo amamos a aquellos de quienes esperamos algo, siempre podremos sospechar que nuestro amor no es a la persona, sino a lo que esperamos recibir de ella.

Pidamos, pues, a la Virgen María que nos ayude a llenar nuestro corazón del amor de Dios, para que todas las personas lo puedan conocer y experimentar a través nuestro, y así nos reconozcan todos como verdaderos discípulos de Jesucristo.

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