sábado, 10 de octubre de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDLXX). Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

 


En la parábola del Evangelio que proclamamos hoy vemos que se unen dos imágenes. Por un lado, la imagen de la boda, que simboliza la alianza con Dios y, por tanto, el amor y la fidelidad que le debemos; y por otro la del banquete, símbolo de la salvación que Dios nos tiene preparada y a la que nos invita.

La intención del evangelista es transmitirnos que el rey es Dios Padre; los criados son los profetas; el hijo que se casa, el novio, es Jesucristo; y los invitados son el pueblo de Israel, que, al rechazar la invitación de Dios, es sustituido por los pueblos gentiles.
Fijaos, el Evangelio nos dice que “El Reino de los cielos se parece a un Rey que celebraba la boda de su hijo”. Sin embargo, vemos como las respuestas a esta invitación fueron las de la indiferencia y las del rechazo, un rechazo incluso violento. Jesús lo veía venir entonces, y lo ve venir también ahora, en nuestro tiempo… Y es que la salvación ha tenido lugar, “la boda está preparada”, pero tanto entonces como ahora hay invitados que no se la merecían.
Pero, a pesar de todo, el propósito de Dios no tiene marcha atrás, sino todo lo contrario, sigue adelante. Por eso la parábola dice: “id a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Es decir, que Dios, nos ofrece su salvación, no nos la impone, ni pasa por encima de la respuesta libre del corazón humano. Es decir, aunque suene fuerte, que la salvación puede ser ignorada, puede ser rechazada, o incluso puede ser despreciada con frivolidad. Pensemos por un momento que al abandono de muchas personas y al rechazo de otras de la fe, de los principios evangélicos, de la participación en la Eucaristía, se suma también la falta de preparación espiritual, la falta del traje de fiesta, es decir, de la vida de gracia. Y esto, como vemos en el evangelio, no deja indiferente a Dios.
Pero, como mientras hay vida, hay esperanza, Dios siempre está tendiéndonos la mano misericordiosamente para levantarnos, para cambiar de vida, para cambiar nuestra vida de pecado en un traje de fiesta, de boda… A Dios no le va a importar lo que hayamos hecho, por muy gordo que sea, siempre que tengamos la humildad de acudir a Él y pedirle perdón con el deseo de cambiar nuestra vida siguiendo sus mandamientos. Él nos ha dado para eso el sacramento de la confesión, un momento de encuentro de gracia. Y si manchamos ese traje de fiesta, siempre, pero siempre, por su parte, estará dispuesto a limpiarlo, a devolvernos su gracia. Ahora bien… La decisión es nuestra. A nosotros nos corresponde elegir si queremos vivir con frivolidad, tomándonos los sacramentos y la vida como “un todo vale”, y “ni mato ni robo ni hago mal a nadie”; o tomárnosla en serio, deseando vivirla como Jesús nos enseñó en el evangelio, y como nos pide que lo hagamos.
Pidámosle, por tanto, a la Virgen María, a nuestra Virgen del Pilar, cuya fiesta vamos a celebrar, que optemos por responder con un “sí” rotundo a la invitación que Dios nos hace a la salvación, y a tener siempre el alma vestida con traje de fiesta. Y si lo manchamos… Pues a limpiarlo con la gracia de Dios.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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