domingo, 4 de octubre de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDLXIX). Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

La primera lectura y el Evangelio de hoy tienen un elemento en común, y es que hablan de una viña y del dueño de la viña. En ambos casos un propietario que cuida de su viña con cariño y que pone todas las esperanzas en los frutos de la viña. Tras ese elemento en común, la primera viña se refiere a la viña misma, y el Evangelio habla de los labradores que la han de cuidar.

En la lectura de Isaías, el amo expresa su disgusto porque esa viña tan cuidada no ha dado los buenos frutos que cabía esperar, sino agrazones. En el Evangelio la queja es por aquellos que, constituidos en labradores de la viña, quieren guardar para sí los frutos y no entregarlos como corresponde al señor, rebelándose contra Él, y que apalean, apedrean y matan a sus criados, llegando incluso a matar a su hijo. Esos labradores, desde un punto de vista histórico, son los sumos sacerdotes y dirigentes del pueblo de Israel, que no aceptaron a los profetas y los persiguieron, que no hicieron caso al mensaje de conversión de Juan Bautista, y que rechazaron a Jesús y se atrevieron a matarlo.
Pero mirad, la profecía y la parábola de la viña no se agotan en su sentido histórico; sino que continúan teniendo vigencia, pues nos dirigen un mensaje actual que debemos captar para aplicarlo a nuestra vida. Se trata de una llamada de atención a todos los miembros de la Iglesia, a todos los cristianos, a dar frutos, y frutos buenos; a construir nuestra existencia, nuestro trabajo, nuestros planes sobre la piedra angular que es Cristo, aunque esta piedra sea desechada por los arquitectos de la sociedad y de la globalización ideológica de nuestro mundo de hoy.
Y es que, al igual que los labradores de la parábola, que tuvieron el error de creerse los dueños de la viña, ignorando quien era el propietario; nosotros también caemos en el mismo fallo cuando pretendemos gestionar nuestra vida por nosotros mismos sin tener en cuenta a Dios. Por eso tenemos que caer en la cuenta de que todos corremos el riesgo de no reconocer al Señor, de arrojarlo de nuestra vida, de apagar la gracia en nosotros... Y no pensemos que no, porque es un riesgo real, que se produce cada vez que nos apoyamos orgullosamente en nosotros solos y construimos nuestra vida sobre nuestro egoísmo, en lugar de apoyarnos y fundamentarnos en Jesucristo.
Vamos a pedirle a la Virgen María que, al igual que hizo san Francisco de Asís, del cual no puedo ni quiero olvidarme, cuya fiesta es hoy,  no defraudemos a Dios y que nos apoyemos en Él, para que nuestros corazones y pensamientos sean custodiados en Cristo Jesús, y vivamos desde Él y para Él, y así, podremos alcanzar, por su misericordia, la vida eterna.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero. 

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