sábado, 1 de agosto de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDLIX). Domingo XVIII del Tiempo Ordinario


En las lecturas de este domingo se nos manifiesta como el don del Señor es abundante y generoso. Lo hemos visto en la primera lectura, del libro de Isaías; que nos muestra un gran banquete al que son especialmente invitados aquellos que tienen hambre y sed. En el banquete se ofrecen los alimentos más básicos como el pan y el agua, y también están presentes otros más típicos de la fiesta como la leche y el vino. Es importante entender que el mensaje del profeta se da a pesar de las infidelidades que han ido apareciendo a lo largo de la historia de Israel.
Bueno, pues esto nos ha de llenar de esperanza, porque nos indica que Dios no se desdice de sus promesas y que está dispuesto a renovar y a mantener siempre su compromiso para con su pueblo. Para Él es igual de dónde vengamos, lo importante es que estamos aquí, y que Él está dispuesto a recibirnos con los brazos abiertos.
Por eso, la buena noticia de este domingo sigue siendo que el Señor se preocupa en alimentarnos, en darnos de su Pan de vida eterna. Y es posible que también nos vea con ternura y necesitados del pan de su palabra y de su amor hecho realidad en la Eucaristía; pues en la Eucaristía es donde encontramos la comida que nos sostiene, nos fortalece, y nos da energía para una vida cristiana plena y activa, sin la cual seremos incapaces de seguir a Cristo.
Y por su parte, San Pablo, en la segunda lectura, hace un canto de alabanza lleno de entusiasmo por todo lo que Dios ha dado a la humanidad en Jesucristo. Es la expresión de su entrega por amor, un amor tan fuerte que nada ni nadie lo pueden deshacer. La lista que nos ofrece de los sufrimientos que podemos padecer en el mundo presente quizá la podríamos completar con otros problemas y sufrimientos que hemos podido vivir más de cerca; pero la conclusión es la misma: Que Dios nunca nos abandona. Es cierto que la esperanza cristiana no elimina los problemas...; pero pesar de todo nos capacita para afrontar toda clase de dificultades. Y es que no estamos solos, porque nos sabemos en manos de aquél que es suficientemente poderoso para vencer cualquier obstáculo y que nos muestra continuamente su amor, la fuerza más grande que nos podríamos imaginar. Por eso, tengamos presente, que nada ni nadie podrá nunca separarnos del amor de Cristo. Nosotros a lo mejor podremos no amar a Dios. Pero Dios nunca, nunca dejará de amarnos a nosotros.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

 

 


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