sábado, 4 de julio de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDLIV). Domingo XIV del Tiempo Ordinario



VENID A MI TODOS LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS, Y YO OS ...El texto del evangelista san Mateo que proclamamos hoy es una pequeña joya en la que Jesús, lleno de gozo, alaba al Padre por su elección y preferencia por los pequeños y los sencillos; pues son ellos, y no los sabios y entendidos los que pueden llegar a comprender en su plenitud y profundidad el Reino de Dios que Él vino a anunciar e implantar
Y es que lo que a los ojos humanos parecería un fracaso, Jesús, desde la perspectiva de Dios, lo vive como un éxito; porque los que tienen el corazón lleno de sí mismos, de bienes materiales o de sabiduría en lo humano, muchas veces, se cierran a Dios. Y si uno se cierra a Dios, no podrá comprender y alcanzar la nueva vida. Y ese es el gran problema de muchas personas de hoy día de todos los niveles de la vida y de la sociedad tanto en la cultura, como en la política, como en la economía... que proclaman su ateísmo sin tapujos, porque, no me podéis negar, que hoy día lo que se lleva es decir que se es ateo o indiferente; que hay gente tan pagada de sí misma y que se ha puesto a sí misa en el centro de todo, y que todo gira en torno a su ego, que para ellos es imposible dejar un hueco en su corazón para Dios.
Por eso que las palabras de Jesús se iluminan este domingo con la primera y la segunda lecturas, que nos invitan a dos actitudes fundamentales en nuestra vida cristiana, que tienen que ser la humildad y conversión. En la primera lectura, por ejemplo, vemos como el profeta Zacarías anuncia la llegada de un rey modesto y sencillo, llamado a establecer un orden de paz en todo el mundo. Pues bien, en el Evangelio vemos cumplido este anuncio profético en Cristo, que enseña los misterios del Reino a los sencillos de corazón, y les invita a encontrar en él alivio y descanso cargando con su yugo. ¿Y en qué consiste el yugo de Cristo, que en lugar de pesar, aligera, y en lugar de aplastar, alivia? Pues mirad, el yugo de Cristo es la ley del amor. Decía Benedicto XVI que el verdadero remedio para las heridas de la humanidad es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor a Dios, y que por eso es necesario abandonar el camino de la arrogancia y de la violencia empleada para ganar posiciones de poder cada vez mayor y asegurarse el éxito a toda costa.
Pues bueno... Ahora tenemos que ser nosotros, sus discípulos, quienes llevemos a la práctica las enseñanzas de Jesús sobre la mansedumbre y la humildad... Y el mejor ejemplo que tenemos es el de la Virgen María. Acudamos a Ella con confianza, pidiéndole saber descargar en Cristo todos nuestros agobios y preocupaciones.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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