sábado, 23 de mayo de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXLVIII). Solemnidad de la Ascensión



El domingo de Resurrección y el día de la Ascensión son como dos caras de la misma moneda. Si el domingo de Resurrección nos hacía mirar hacia abajo, hacia el sepulcro vacío, hoy, fiesta de la Ascensión, se nos invita a mirar al cielo, donde, una vez cumplida su misión en el mundo, sube Jesucristo, poniendo fin a su presencia corporal y física en medio de sus discípulos, quienes, con la fuerza del Espíritu Santo han de ser continuadores de la obra del maestro, siendo mensajeros del Evangelio y testigos de lo que han visto y oído a lo largo y ancho del mundo.
Por eso que esta fiesta tiene una peculiaridad; y es que marca un antes y un después con la marcha del Señor Jesús al cielo. Si por una parte nos está señalando la pertenencia al cielo, donde Cristo, nuestra Cabeza, se ha adelantado a prepararnos sitio, y esperamos llegar también nosotros, por otra nos está mostrando una misión en la tierra; porque la Ascensión de Jesús al cielo deja el relevo sobre este mundo a la Iglesia, que somos los miembros de su Cuerpo. Y es que la Ascensión del Señor supone el inicio de la misión del nuevo pueblo de Dios, que una vez ausente Cristo corporalmente, se convierte en su manifestación y presencia sobre la tierra. Y como la Iglesia la formamos todos los bautizados, pues todos nosotros somos enviados, como los apóstoles, a dar testimonio de Jesús Resucitado y a colaborar en el crecimiento de su Reino.
Pero no pensemos que porque Jesús haya subido al cielo nos ha dejado aquí, en la tierra, dejados de su mano y ¡hala!¡cada cual que se las componga!. No. Jesús nos prometió que no nos iba a dejar solos. Por eso, ahora, vivo para siempre, nos acompaña y nos da la mano para que caminemos con su mismo amor y anunciemos, con nuestra palabra y con nuestra manera de vivir, su Buena Noticia. Además, prometió también a sus discípulos que enviaría el Espíritu Santo sobre ellos para que les diera fuerza para ser sus testigos en medio del mundo. Así que no pensemos que subiendo al cielo, Jesús nos ha dejado solos en este mundo perdidos a nuestra suerte, y nos quedemos embelesados y quietos mirando al cielo de brazos cruzados, pensando que eso de la evangelización no va con nosotros.
Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María que nos ayude a fortalecer nuestra vida cristiana de modo que nos sintamos impulsados a dar testimonio de Cristo con nuestras palabras y con nuestras obras. Que la promesa de su presencia entre nosotros nos dé fuerza para cumplir este encargo.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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