sábado, 30 de mayo de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXLIX). Solemnidad de Pentecostés.



En la antigüedad judía la fiesta de Pentecostés celebraba el comienzo de la cosecha, ofreciendo a Dios las primicias de la siega y también las primicias de los trofeos de las conquistas militares. Por eso, a Pentecostés se le llama Pascua “granada”: la Pascua que da su fruto.
Hoy culminan los cincuenta días del tiempo pascual. Hoy se nos invita a experimentar de nuevo la inmensa alegría de sabernos “resucitados”, porque recibimos el Espíritu Santo. Por eso, al culminar esta Pascua tan peculiar, vivida en la incertidumbre, el confinamiento, el dolor… de esta pandemia, tenemos que notar cómo la vida del Espíritu se abre en medio del caos, el dolor, la parálisis y la muerte. Este año, estamos llamados a celebrar de un modo especial al Espíritu Santo que nos asegura que la Resurrección de Jesús llega a todos los hombres.
Por eso que, al ver en la primera lectura de hoy como la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús les impulsó a salir a las plazas para anunciar la salvación realizada por Cristo, dando así comienzo al tiempo de la Iglesia, tenemos que ser conscientes que esa misión nos concierne a todos nosotros, a todos los bautizados. Hoy tenemos que tomar conciencia y meternos bien dentro de la cabeza que todos somos apóstoles y misioneros en el ámbito secular que nos ha tocado vivir, es decir, en la familia, en el trabajo, con los vecinos y amigos... incluso con los contactos de WhatsApp y de las redes digitales. Y no somos apóstoles por delegación de los obispos  o porque los curas no lleguen a todo, sino que todos somos apóstoles por obra del Espíritu. Mirad, mucha gente, mucha, incluso personas que viven en nuestro pueblo, y más gente de la que nos parece, no ha oído hablar nunca de Jesucristo. Nunca. Pues bien, nosotros, ¡nosotros! tenemos que ser los que les hablemos de Jesucristo. Y tenemos que ser todos, eh; todos. No solo yo, que soy el cura, sino todos. Sin ninguna excepción ni derecho de escaqueo ¿Qué es difícil? Pues sí, ya lo sabemos que es difícil. También fue difícil para los primeros cristianos; y para los cristianos de todas las épocas ha sido difícil ser apóstoles en medio del mundo. Por eso tenemos que dejar que sea el Espíritu Santo, auténtico viento del cielo, el que nos empuje hacia afuera de nosotros mismos para vencer miedos, decepciones, dificultades…Que haberlas, las hay, y las habrá; pero no tenemos que dejar que nos venzan.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, que el Espíritu Santo nos ilumine y fortalezca a todos, para que, como Ella, como los apóstoles, y como los primeros discípulos que recibieron el Espíritu aquel día de Pentecostés, nosotros seamos testigos de Cristo con nuestras palabras y obras en medio del mundo.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de abril romero.

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