sábado, 14 de marzo de 2020

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXXXVII). Domingo III de Cuaresma



Este tercer domingo de Cuaresma inicia la segunda parte del itinerario espiritual que comenzamos con la imposición de la ceniza. A partir de hoy, los temas que veremos en los próximos domingos serán eminentemente bautismales, para ayudarnos a descubrir y renovar nuestro bautismo.
Por eso, el diálogo con la samaritana nos presenta la simbología bautismal del agua. Durante muchos siglos este fragmento del evangelio era una catequesis obligatoria para los que iban a recibir el bautismo. Y es que el encuentro de la samaritana con Jesús manifiesta que en la humanidad de Jesús el creyente encuentra la propia realización, puesto que Cristo es el agua viva, la roca golpeada de la que brota el agua del Espíritu que introduce al creyente en una vida nueva. Y el agua viva que Él nos ofrece es su gracia, la gracia que recibimos en el bautismo, que recuperamos en la Penitencia, que avivamos en la oración y en la Eucaristía.... Por esa gracia nacimos en el bautismo como hijos e hijas de Dios, y adoramos al Padre en Espíritu y verdad.
Y la samaritana también nos representa a todos nosotros. ¿Por qué? Pues porque como ella, nosotros necesitamos cambiar, necesitamos convertirnos. Es posible que muchos de nosotros no estemos muy lejos de Dios, que no necesitemos una conversión fuerte o repentina, como necesitó la samaritana; pero sin embargo, después de mucho tiempo, nos falta dar el paso definitivo que nos haga verdaderos seguidores del Señor Jesús y no ser sólo meros espectadores, que no se atreven a pedir a Jesús el agua vivificadora de esa fuente de agua viva, que mana de la Eternidad. Por eso que nos vendrá bien hoy recordar que, en este camino cuaresmal que estamos recorriendo, no podemos olvidar que, sin la ayuda del Señor, todos nuestros esfuerzos estarán condenados al fracaso. Metámonoslo bien en la cabeza: necesitamos de la ayuda de Dios. Dependemos totalmente de Dios. Sin su ayuda, no podremos hacer nada.
Que Santa María nos ayude, pues, para que sintamos sed de Dios, y esta sed nos ayude en la búsqueda de los manantiales donde brota el agua de la vida, en la búsqueda de Cristo, y sepamos decirle, con humildad y confianza: Señor, dame de beber.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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