sábado, 23 de noviembre de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXVIII). Solemnidad de Cristo Rey



Imagen relacionadaA lo largo de todo el año hemos ido celebrando a Cristo en los misterios de su nacimiento, vida pública, pasión, muerte y resurrección... Y hoy, último domingo del año cristiano, celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo; en la que celebramos que Jesucristo, el siervo humilde que entregó su vida por nosotros, es nuestro Rey y Señor, nuestro único salvador, digno de ser amado y seguido.
Por eso, y como no puede ser de otra forma, las lecturas bíblicas de hoy tienen como hilo conductor la centralidad de Jesucristo, por medio de quien y en vista de quien fueron creadas todas las cosas, y que es el principio y el centro de todo.
Así pues, en la primera lectura, vemos como David, un sencillo pastor, es ungido como rey de Israel. Pues bien, como David, Jesucristo va a ser el Rey-Pastor que sale en busca de sus ovejas para reunirlas en un solo rebaño. David lo hará con su astucia militar, Jesús lo hará por medio de la sangre derramada en la cruz, muriendo por todos, porque Jesús es el Rey y Pastor del nuevo Israel. Él es un Rey distinto a todos los demás. No tiene un territorio sobre el que ejercer su dominio al estilo de este mundo; no tiene un torno sobre el que sentarse; no tiene un código lleno de normas... Y, sin embargo, Jesús es Rey; y su trono, como vemos en el evangelio, es la cruz, desde donde sigue ofreciendo su salvación a toda la humanidad, como se la ofreció al buen ladrón. Su corona, es una corona de espinas. Y su ley, es el mandamiento del amor.
Y es que Jesús crucificado muestra que no es un rey o líder político que garantiza el bienestar terreno. No. Jesús no se ha salvado a sí mismo de la muerte en cruz. Ni tan siquiera nos libra a sus discípulos de la enfermedad y de la muerte. Jesús salva nuestras almas. Nos salva de la ruina que supone el distanciarnos de Dios. Él reina en el corazón de todos los creyentes que le han seguido, le seguimos, y le seguirán a lo largo de todos los siglos; hasta el momento en el que vuelva con gloria a juzgar a vivos y muertos, y se manifieste con toda su majestad y esplendor como Señor de cielos y tierra.
Pidámosle a la Virgen María que todos abramos la puerta de nuestro corazón a Cristo, y le dejemos ser el Señor y pastor de nuestras vidas.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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