sábado, 9 de noviembre de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXVI). Domingo XXXII del Tiempo Ordinario



Resultado de imagen de lc 20, 27-38El pasaje del Evangelio que proclamamos hoy nos muestra, literalmente hablando, el intento de una trampa saducea. Aunque me pueda alargar un poco, me vais a permitir que os explique primero quienes eran los saduceos, para que así podamos entender mejor el texto del Evangelio, y también, por qué no, para que tengamos algo más de cultura religiosa y de conocimiento de la Sagrada Escritura.
Mirad: los saduceos eran los miembros de la clase alta de la sociedad judía de esa época, por lo que todos los conquistadores buscaron su apoyo para poder someter al pueblo. Esta era efectivamente la política de este grupo, es decir, eran los colaboracionistas que se sometían al poder extranjero, ya fueran griegos o romanos, y adoptaban sus modas y cultura. Sostenían que Dios premiaba a los hombres buenos en vida, por lo que ellos, al ser ricos, eran el pueblo bueno. Su filosofía era materialista, liberal y mucho más mundana que la de los demás grupos. Y ese era su problema: eran unos materialistas. Creían en Dios, pero no creían en lo espiritual: ni en los ángeles, ni en los espíritus, ni en la existencia del alma, y mucho menos en su inmortalidad; y no digamos ya lo de creer en la resurrección de los muertos.
Lo triste es que hoy hay mucho saduceo por ahí. Y no pocos de ellos se dicen cristianos. Pues mirad. Hoy Jesús, en el evangelio, ante la trampa saducea que le tienden, deja bien claro que la vida es algo más que lo material. De hecho, las lecturas que iremos escuchando en la Eucaristía durante estos últimos domingos del Año Litúrgico, nos hablarán de dos verdades de fe de primera categoría: la resurrección de los muertos y la vida eterna. Y no son verdades de primera categoría porque lo diga yo; sino porque lo dice Jesucristo y, además, las confesamos en el Credo, cuando decimos: “espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” si rezamos el Credo largo; o bien “creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna” si rezamos el Credo breve.
Y esto es importante que lo tengamos presente, ya que vivimos en un momento en el que las encuestas sobre las creencias de la gente nos manifiestan que, en el caso de que se acepte la existencia de la inmortalidad, son muy pocos los que creen en la resurrección y en la eternidad. Cobra fuerza la idea de la disolución de la existencia en el cosmos o en la naturaleza; o se difunde el parecer de aquellos que creen que las almas vagan buscando alojamiento en criaturas recién nacidas reencarnándose en ellas, y otras por el estilo. Pero muy pocos afirman que creen en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Y esa; esa, y no otra, es la única fe cristiana. Por tanto, como cristianos, no nos tenemos que fiar ni dejar engañar por doctrinas extrañas ni por aquellos que nos quieran vender algo distinto a lo que nos enseña Cristo. San Pablo ya nos dice que la fe no es de todos. Y nos avisa también que hay gente mala y con malas intenciones.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, ser fuertes en la fe, tener fe y esperanza en la vida eterna que Cristo nos ha prometido, pues Dios no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él, todos estamos vivos.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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