sábado, 2 de noviembre de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXV). Domingo XXXI del Tiempo Ordinario



Resultado de imagen de zaqueoTras escuchar el evangelio de hoy, en el que se nos relata el encuentro de Jesús con Zaqueo, y la conversión de este publicano, que, por lo que vemos en el texto evangélico, era un granuja de mucho cuidado; creo que lo que nos tendría que quedar a todos claro es que la mirada de Jesús va más allá de los pecados y los prejuicios, pues Jesús mira a la persona con los ojos de Dios, que no se queda en el pasado negativo, sino que tiene en cuenta el bien futuro. Ya en la primera lectura, que es una de las páginas más bellas del Antiguo Testamento, vemos como se dice que Dios se compadece de todos y ama a todos los seres y no odia nada de lo que ha creado, pues es un Dios «amigo de la vida», que corrige poco a poco.
Y es que Dios ve siempre lo bueno que tenemos. Por muy pecadores que seamos, Él quiere que nos convirtamos, y hará todo lo posible para que cambiemos de vida para bien. De hecho, sale constantemente a nuestro encuentro en Jesucristo, que ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
Por eso, tras leer el evangelio de Zaqueo, sería bueno que nos preguntáramos si nosotros hacemos por encontrarnos con Jesús. Mirad, en el evangelio se nos dice el detalle que Zaqueo era pequeño de estatura, y que por eso se subió a un árbol, para poder ver a Jesús. Seguro que los de Jericó se reirían de él y sería el comentario de todos, que irían cuchicheando: «mira a ese subido por los árboles». Pero no cejó en el empeño. ¿Tenemos nosotros ese interés por ver y encontrarnos con Jesús? Porque Jesús, al igual que con Zaqueo, también quiere quedarse hoy en nuestra casa. Y al igual que hizo con Zaqueo, quiere perdonarnos todos nuestros pecados y faltas y que emprendamos una nueva vida. Por eso, necesitamos, como Zaqueo, que Cristo toque nuestro corazón para convertirnos realmente.
Por tanto… qué cada uno se pregunte en qué ha de cambiar; pues la respuesta se la ha de dar cada uno personalmente a sí mismo –con la ayuda de Dios, claro- ya que nadie mejor que uno mismo conoce aquello en lo que ha de cambiar o mejorar. Y de ahí... a recibir el sacramento de la reconciliación, penitencia, confesión, o como queráis llamarlo... Pero a confesarse, que es donde de verdad el Señor nos perdona los pecados más gordos y recibimos la gracia de Dios a raudales. Y si alguno piensa que no lo necesita... es que lamentablemente, no se ha encontrado con Jesús en su vida.
Que María, refugio de los pecadores, nos ayude a descubrir a Jesús que pasa cada día por delante nuestro y nos ofrece su perdón y nos invita a empezar una nueva vida según el Evangelio.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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