sábado, 26 de octubre de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXII). Domingo XXX del Tiempo Ordinario



Imagen relacionadaLa palabra de Dios que escuchamos hoy la podríamos resumir con la respuesta del salmo responsorial: «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha».
Y así, pues vemos como la primera lectura identifica al afligido con el pobre y abandonado por quien Dios tiene predilección, mientras que en la segunda lectura está personificado en San Pablo, quien está encarcelado por el evangelio, y afirma como en su aflicción el Señor le da fuerzas para predicar su mensaje salvador. Y es que Dios, aparentemente silencioso, atiende las súplicas del oprimido y no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repiten su queja... pues los gritos del pobre atraviesan las nubes hasta alcanzar a Dios.
Pues bien, esta actitud de sencillez y humildad que predomina en la liturgia de este domingo ha de ser una constante en la vida del cristiano, y de un modo especial, en su participación en la Eucaristía, ya que aquí se nos hace presente el acontecimiento salvífico que Dios nos ofrece gratuitamente. No nos lo merecemos... Por eso, en la celebración de la Eucaristía tenemos que ser humildes como el publicano del evangelio, que reconoce que es un pobre pecador... está angustiado, acude a Dios y se abandona en su misericordia. Sin embargo, a veces nos comportamos como el fariseo..., y pensamos que somos especiales. Mirad: los que participamos habitualmente en la celebración de la Misa, tenemos el peligro de creer que somos mejores que las demás personas. Según el fariseo, ni ladrones, ni injustos, ni adúlteros, y en no pocas ocasiones, mejores que los que quizás rezan a nuestro lado cuando estamos en la iglesia. Si vamos así, seremos como este personaje... estaremos satisfechos con nosotros mismos, y convencidos de que, como ni matamos ni robamos no tenemos ningún pecado. Y no nos enteraremos ni querremos enterarnos de que también nosotros somos pecadores. Pero si de verdad somos realistas, tendríamos que intentar no mentirnos a nosotros mismos. Es verdad que ante los demás podemos fingir y aparentar todas las bondades, pero si tenemos un poco de sensatez, en nuestra intimidad personal sabemos cómo somos, y qué somos.
La Eucaristía es el mejor momento para orar como el publicano, el mejor momento para sentir nuestra pobreza ante el gran don del Padre en su Hijo amado Jesucristo, Pan de vida y Vino de salvación. Que Santa María, la Virgen, nos ayude para que salgamos de aquí justificados por la misericordia y la bondad del corazón de Dios.


Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

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