domingo, 15 de septiembre de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDVIII). Domingo XXIV del Tiempo Ordinario



Hoy escuchamos en el evangelio las llamadas «parábolas de la misericordia de Dios», redactadas por Lucas, considerado el «evangelista de la Misericordia»; y además, en la segunda lectura escuchamos una afirmación de san Pablo de gran importancia, que «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores», y el mismo san Pablo se situará como el primero de los pecadores necesitado de la gracia de Dios. Estas palabras que escucharemos en la segunda lectura de hoy nos recuerdan una verdad que a menudo olvidamos; ya que decimos, y lo que es peor, llegamos a creemos que no somos pecadores, y con ello olvidamos que necesitamos siempre el perdón de Dios. Y eso es un problema. Y un problema gordo. Muy gordo. ¿Por qué? Pues porque si no nos sentimos pecadores no podemos esperar ser salvados por Jesucristo, ya que Jesucristo no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Imagen relacionadaY es que Jesucristo, con su palabra, con sus gestos, con toda su persona, nos ha revelado que Dios es Misericordia. Pero, no solamente nos ha dado a conocer el verdadero rostro del Padre, sino que también nos ha comunicado su amor, su misericordia, su compasión..
Una compasión que Dios ya la tuvo con el pueblo de Israel cuando, en el desierto, se desviaron pronto de los mandamientos del Señor y se construyeron un becerro de Oro. La misma compasión que Dios muestra cuando se afana por ir a encontrar la oveja perdida, o cuando se pone a barrer febrilmente para encontrar una moneda. Y es que, a fin de cuentas, y aunque no nos lo parezca, tanto en el cielo como en la tierra, entre los ángeles y los hombres de buena voluntad, hay una gran alegría cada vez que, arrepentidos, nos dejamos acoger por el amor del Padre.
Lo triste es que hoy hay mucha oveja descarriada que no se da ni quiere darse cuenta de que se ha perdido. ¿Somos nosotros de esas ovejas? Mirad, hoy día, muchos se fabrican sus propios dioses. Se puede decir que no hay tiempo para rezar ni para venir a Misa, pero sobra tiempo para ir al fútbol –o verlo por televisión-, a cazar, de viaje de fin de semana, y para muchas otras cosas... Pero para Dios... no hay tiempo. Pero por suerte, Dios no se cansa nunca de esperarnos.
Que Santa María, Reina y Madre de misericordia, nos ayude para reconocer que necesitamos a Dios en nuestras vidas, y no desviarnos nunca de su camino. Y si nos desviamos, a que sepamos volver.


Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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